Tener hambre causa que bajen los niveles de serotonina, causando
un torbellino de emociones incontrolables, tales como la ansiedad, el
estrés, la ira y la tristeza.
Nuestro organismo es sabio y sabe en cada momento qué es lo
que necesita para seguir en condiciones óptimas. Si tenemos frio se contraen y
relajan, rápida y repetidamente, algunos de nuestros músculos para producirnos
tiritera y así poder mantener nuestros órganos internos a una temperatura
óptima. Pues cuando tenemos hambre pasa algo parecido… nuestro cuerpo se
pone en marcha para autoalimentarse.
Esto hace que vaya echando mano de las reservas energéticas
que tenemos (glucógeno), pudiendo provocar que el nivel de glucosa en nuestra
sangre descienda y ello nos provoque el típico enfado y mal humor tan
común en muchas personas cuando tienen hambre.
Quienes más lo padecen son los niños, cuyas reservas son
menores y necesitan ingerir alimentos en periodos más cortos de tiempo,
llegando a ponerse insoportables y/o con un buen berrinche.
Pero hay otro elemento que puede provocar que nos
enojemos con más facilidad cuando tenemos hambre y éste es la
serotonina. Cuando sus niveles son bajos es uno de los causantes de
nuestra irritación. La serotonina es una hormona encargada de controlar
nuestros diferentes estados, como la ira, ansiedad, apetito, excitación,
sueño, angustia, etc…
También debemos tener en cuenta que el ayuno prolongado y
posterior descenso de glucosa en sangre (hipoglucemia) puede venir acompañado
de algún mareo y malestar; algo que comúnmente muchas personas describen como
“un bajón de azúcar”, el cual suele pasarse tras tomar algún alimento o bebida
dulce.

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